Caminando por Las Ramblas de Barcelona le vi de nuevo. Con qué elegancia camina. Con qué seguridad me mira. Con qué sutileza es capaz de pronunciar palabras sin tartamudear en ningún momento.
Sus labios se mueven al ritmo de mi corazón y nuestras miradas entrelazadas por milésimas de segundo se cuentan secretos imposibles de ser dichos oralmente.
Qué cosquilleo se me forma en la barriga al verte.
No lo puedo evitar. Quiero saltar. Quiero bailar. Quiero colgarme de esos cables que cuelgan de ese sitio desconocido para mí. Y soñar despierta constantemente. Pero solo si en el sueño sales tú.
De pronto te rozo el brazo. Un movimiento involuntario me provoca una caída, y tu reflejo perfecto hace que me agarres del brazo antes de poder tocar el suelo. Qué curioso pienso. Creía que estas cosas solo ocurrían en las películas. Pero no. Es real. Tú y yo. Se acabó el observarte desde lejos. El preguntarte la hora y si me das un cigarrillo. Ahora te observo de cerca. Y las preguntas absurdas se convierten en conversaciones largas y duraderas. Todas junto a ti.


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